RADICALES LIBRES

El radical libre es un átomo de O2 (oxígeno) con 7 electrones (el átomo estable de oxígeno tiene 8 electrones y se torna inestable cuando pierde 1 electrón), al faltarle ese electrón, lo toma prestado de la membrana celular y produce así otro radical libre más, dando lugar a una reacción en cadena. Esta reacción en cadena se combate con la acción de los antioxidantes, los cuales neutralizan los átomos de oxigeno.


La principal teoría del envejecimiento fue planteada por el Dr. Hartman, Premio Nobel en 1995. Su postulado es el siguiente: envejecemos por la acción de los radicales libres, moléculas que se nutren del oxígeno del cuerpo y o desgastan en forma continua, produciendo el envejecimiento. Los radicales libres son unas moléculas de oxígeno altamente inestables que han perdido un electrón en procesos metabólicos orgánicos. Son muy reactivas y provocan reacciones en cadena. Actúan sobre las grasas de las membranas celulares y, también, sobre el núcleo de las proteínas, provocando graves daños a las células y desintegrando las membranas.

Hoy nadie duda que los radicales libres sean la principal causa de envejecimiento. Hay muchísimos factores que provocan en nuestro cuerpo reacciones químicas cuyo resultado es un aumento de radicales libres, procesos que no son intrínsecamente nocivos ni debemos evitar: respirar, comer son actos biológicos necesarios que producen desechos.

En el caso de la piel, el radical libre se adhiere a fibras de colágeno y las lesiona, produciendo de esta manera un “daño por radical Libre”. El resultado es una herida que ha de cerrarse con tejido cicatricial, un tejido rugoso e irregular que vuelve la piel rígida. El ataque de un radical libre a nuestra piel descompone las fibras de colágeno y de elastina en las capas profundas dando lugar a las arrugas. Así envejece la piel: menos producción de colágeno por parte de los fibroblastos, pérdida del equilibrio agua-grasa y, sobre todo, ataques de radicales libres.

Hace unos años, para la mayoría de los biólogos, la idea de que existiesen en el sistema biológico humano peligrosos radicales libres era impensable. Estaban convencidos de que la enfermedad procedía del entorno externo y no era un producto derivado de procesos biológicos normales. Se había aislado en los glóbulos rojos de la sangre una proteína que contenía cobre y cuya función era desconocida. Más tarde, se descubrió que esta misma proteína también contenía zinc. Se trataba de una enzima que unía dos moléculas de superóxido para formar una molécula de peróxido de hidrógeno y otra de oxígeno. Esta proteína recibió un nuevo nombre, superóxido dismutasa (SOD) porque poseía la capacidad de combinar dos moléculas de superóxido.
 
El superóxido se forma durante el procesamiento normal del oxígeno molecular por parte del cuerpo. Se trata de una molécula de oxígeno que contiene un electrón de más. Eso la transforma en un radical libre y es el más común de todos ellos. Normalmente, el superóxido dismutasa (SOD) se encarga rápidamente de descomponerlo. Esta enzima cataliza (acelera) una reacción entre dos moléculas de superóxido y dos moléculas de hidrógeno. Las membranas celulares son su blanco favorito, así como las mitocondrias y los cromosomas. Así que no sólo mata a las células prematuramente, sino que, además, es capaz de crear células anómalas que pueden desembocar en cáncer. Las superóxidos dismutasa necesitan de la presencia de cobre, zinc y magnesio para su producción y funcionamiento adecuado.
 
Una de las sustancias residuales que se producen tras la descomposición de los radicales superóxidos es el peróxido. Si bien no es tan reactivo como el primero, tampoco se queda corto.


El peróxido de hidrógeno normalmente se descompone con la enzima catalasa o con glutatión peroxidasa. La catalasa opera en un medio acuoso y la glutatión peroxidasa, en uno graso. Cuando acaban su labor, el peróxido de hidrógeno se ha transformado en agua y oxígeno.

El peróxido de hidrógeno se ha asociado con la activación del virus latente Esptein-Barr que a su vez se ha vinculado a síntomas crónicos de fatiga y el envejecimiento. Otro hallazgo más sorprendente ha sido descubrir su habilidad para dañar patrones de ADN (la herencia genética) que contienen información acerca de cómo duplicarse a sí mismo. Al igual que ocurre con el peróxido, estas mutaciones abren la puerta a otras que potencialmente podrían provocar cáncer (carcinogénesis), Síndrome de Down y otros trastornos genéticos. El cáncer de hígado se ha vinculado directamente con la presencia de peróxido de hidrógeno. El selenio y la L-cisteína son muy importantes para controlar el peróxido de hidrógeno y la peroxidación lípida. Ambos son necesarios para la formación y recuperación del glutatión, que es el componente principal encargado de deshacerse del peróxido de hidrógeno en los tejidos grasos.

El radical hidroxilo es el más tóxico de los que existe, porque es extremadamente reactivo. Normalmente nunca tarda más de una milésima de segundo en robar un átomo de hidrógeno a cualquier sustancia que toque. Por tanto, daña a las células con la misma velocidad a la que es capaz de extenderse. Puede parecer que en un intervalo tan corto, su efecto no será muy devastador, pero lo cierto es que ninguna parte de las células puede permitirse el lujo de renunciar a un átomo de hidrógeno. Además, nunca sucede de manera individual o por separado, una aquí y otra allá, sino que son millones de moléculas a la vez.


Las investigaciones han demostrado que la enzima metionina reductasa tiene la capacidad de eliminar estos radicales libres del organismo. Otro destructor muy eficaz es la amigdalina inyectable (Vitamina B17laetrile). Se trata de una sustancia aislada a partir de las almendras, albaricoques, y los huesos de cereza y ciruela. Además, las proantocianidinas que hallamos en ciertos extractos de semillas de uva y la corteza de pino también contrarrestan este radical.

Aunque el oxígeno normal (O2) es muy estable, al exponerse a la luz solar, el enlace químico se rompe y el oxígeno resultante (1O2) es peligroso. Se ha relacionado con enfermedades articulares, como la artritis y, por supuesto, con lesiones en el cristalino (cataratas) y la retina (degeneración macular). Los antioxidantes, en general, son buenos neutralizadores del oxígeno libre, pero existe un grupo de ellos especialmente interesantes cuando se presentan patologías oculares, en las que la elevada oxidación es evidente: licopeno, luteína, antocianos, betacaroteno, histidina y vitamina E.

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